lunes, 30 de mayo de 2016

Crónica del norte.


Cuando llegamos a la terminal de autobuses, empezó a caer un tremendo aguacero. El día soleado había desaparecido. En un instante las nubes oscuras cubrieron el cielo y una brisa fresca usual del otoño, sacudía con fuerza el follaje de los árboles. El pequeño tramo del estacionamiento que corrimos bajo la lluvia, nos dejó empapados y con algo de frío. Y de colmo, ¡íbamos tarde!. Faltaba un minuto para que su camión partiera. De nueva cuenta, corríamos, pero ahora dentro de la terminal, esquivando personas, su equipaje y al personal de limpieza. Al llegar a la sala de espera, contemplamos una escena peculiar. El andén lucía  casi vacío. Sólo había tres camiones, uno con rumbo a Monterrey, otro a Tampico, y en la orilla, el camión con destino a Matamoros. Lo que hacía peculiar ese paisaje era que toda la pista de maniobras de los camiones estaba bajo una lluvia muy fuerte. Parecía neblina que imposibilitaba poder ver hasta la salida de los camiones. Apenas y me despedí de mi hermano. El camión lo estaba esperando, la revisión de su equipaje fue nula, cuando revisaron su boleto, alcancé a escuchar que le dijeron que corriera. Llegamos tarde, pero llegamos. 

Otra vez estoy en la terminal, pero para despedir a alguien. ¿Hace cuánto tiempo que no voy pa'l norte? Tantas cosas que hacer por aquí, que no es tan fácil como decir que tengo muchas ganas de ir allá y comprar mi boleto. En realidad todo es tan fácil que se reduce a decir que tengo muchas ganas de ir allá y comprar mi boleto. Pero no lo hago. Algo me detiene

Viendo desde la sala de espera como se va el camión de mi hermano bajo la tormenta, me pongo a pensar en todas esas cosas. Por un momento los andenes están vacíos, pero no tarda mucho para que un par de autobuses ocupen los lugares de los que se fueron. Esta vez uno va rumbo a Nuevo Laredo y el otro a Durango. Jamás he viajado a Durango. Yo digo que soy del norte y no he estado más allá de Coahuila. Quisiera hacer el viaje que hizo el caballo blanco del corrido de José Alfredo. Tal vez empezando en otro lugar. Pero con el fin de llegar a Tijuana. Es uno de los viajes sin sentido que tengo en mente. Nadie sabe, el sentido puede surgir en el camino.

La lluvia sigue cayendo. Pero la gente se va de igual manera. ¿Está triste la ciudad porque se van todas esas personas? No debería de llorar. Porque yo sigo aquí. ¿Hasta cuándo? No lo sé